Consejos para portadistas novatos… y los que no lo son tanto
Ponerle rostro a una obra literaria es apasionante; pero cuando un diseñador novel se enfrenta al horror vacui de una portada en blanco, una pregunta le importuna pertinazmente: “¿Por dónde empezar?”.
07/05/2018

Ponerle rostro a una obra literaria es apasionante; pero cuando un diseñador novel se enfrenta al horror vacui de una portada en blanco, una pregunta le importuna pertinazmente: “¿Por dónde empezar?”. Hay muchos caminos para afrontar el problema y llevar la labor a buen puerto. A continuación ofrecemos un puñado de buenos recursos, muy básicos y obvios para diseñadores avezados, pero que pueden ayudar a salvar el bloqueo creativo de aquellos que están comenzando en el mundo del portadismo.

Empieza por lo básico

Solicita al editor responsable de la obra que te ofrezca un briefing válido. Para saber dónde dirigirse es fundamental tener unas coordenadas que te marquen el rumbo de forma inequívoca. Esas coordenadas vienen dadas por el informe del editor (briefing en la jerga), un apoyo indispensable para poder iniciar el trabajo de la portada o cualquier trabajo creativo que requiera un resultado omnicomprensivo. El briefing ha de ser lo más claro posible, recuerda que es como el boceto previo antes de realizar un cuadro al óleo: cuanto más preciso sea, cuanto mejor estén definidas sus líneas, menos trabajo tendremos cuando comencemos a manchar con el color. Siempre habrá que efectuar correcciones, pero no es lo mismo una corrección que tirar por la borda una mañana de trabajo porque no teníamos claro donde llegar o porque no entendimos bien la dirección que nos dieron. ¿La portada que nos han encargado es para un título de no ficción? ¿Pertenece a una colección previamente definida? ¿Es una secuela de otro libro anterior y tiene que remitirnos a él? ¿Quizás es un ensayo histórico o es un libro de divulgación científica que requiere cierta frescura? ¿Es un libro literario? ¿Una novela? ¿Romántica, juvenil, histórica…? Cada categoría se puede codificar de forma distinta, dependiendo de la temática, el tipo de edición o el público al que está destinado.

Mira qué hacen los demás… ¡Investiga! Quizás parezca una perogrullada, pero investiga las tendencias del momento viendo el trabajo que han realizado otros diseñadores editoriales (ten la conciencia tranquila, no estás copiando, ellos hacen exactamente lo mismo… a fin de cuentas, el diseño es una especie de caldo primigenio e indiferenciado donde, como burbujas, aparecen espontáneamente las genialidades que todos admiramos). Analiza sus composiciones, las tipografías que usan y lo que quieren contar con ellas, los rangos jerárquicos de los mensajes que quieren transmitir, el uso de frases promocionales, manchetas con referencias al número de ejemplares vendidos o las reediciones que acumula, tags descriptivos, fotografías, ilustraciones, collages… Internet facilita el trabajo, basta acceder en alguno de los muchos mercados en línea que hay para comenzar a explorar los cientos, miles a decir verdad, de portadas que aparecen a nuestro alcance. Después de hacerlo no te demores más, levántate de tu cómodo sofá y vete a una librería. Camina entre los anaqueles, escruta las mesas de novedades, ¿qué es lo que más te llama la atención? Coge los libros, dales la vuelta, y vuelve a hacerlo otra vez, míralos del derecho, del revés... redescubre sus lomos. Observarás que el comportamiento de los mensajes en pantalla no siempre es el mismo que cuando tienes un ejemplar en la mano. ¿Por qué? El tamaño, los barnices y otros acabados especiales, la luz, las tintas de la cuatricomía, la competencia con el resto de portadas que comparten el mismo hábitat… todo puede influir en la percepción que tendrán los lectores (compradores potenciales) de tu trabajo.

Una vez que sabes dónde quieres llegar, continuar con lo clásico puede ser una buena idea.

Ya tienes el informe del editor, lo has comentado con él y has resuelto casi todas tus dudas, quizás aparezcan otras cuando te pongas manos a la obra, pero tienes un buen lugar por donde comenzar. Has buceado por la Red, has visto cientos de trabajos de tus colegas de la competencia y has visitado varias librerías en busca de inspiración para contrastar la realidad con el mundo ideal de la pantalla. Por fin sabes lo que quieres, pero ¿cómo continuar?, ¿cómo empezar a diseñar? Comenzar por lo clásico puede ser una buena idea.

El rectángulo aúreo

Bien utilizado es un recurso de composición casi infalible, una herramienta poderosísima para que el resultado de tu trabajo sea armonioso, por eso, muchos de los mejores portadistas del mundo editorial lo siguen utilizando de manera recurrente. La mayoría de los libros con los que vas a tener que trabajar se aproximan bastante a esta proporción clásica, formada por un cuadrado ideal y un rectángulo anejo de manera que el conjunto que forman (el rectángulo áureo) contiene la razón 1,6 entre sus lados; si las matemáticas no son lo tuyo, no te preocupes, simplemente úsalo. Aprovecha estos espacios de fronteras invisibles para potenciar tu diseño, explótalos sin pudor a tu conveniencia y te sorprenderás con los resultados que puedes llegar a obtener.

Regla de los tercios y ley del horizonte

Ambas son herramientas básicas que dominan los fotógrafos, también se pueden aplicar de forma convincente al diseño de cubiertas y portadas. En este caso, en lugar de dos marcos invisibles tendrás tres lienzos imaginarios (que pueden estar divididos a su vez en el primer caso) que componen el plano de la portada, y dividen el espacio de trabajo para jugar y componer.

Ya que conoces estas dos formas clásicas de composición observa también estos consejos.

Comienza componiendo el título.

Quizás en el desarrollo de otras creatividades no sea tan crucial, pero en un libro, sus textos en general y el título en particular (eventualmente el autor, si se trata de alguien especialmente relevante o si así te lo ha indicado el editor) son algo fundamental. Su legibilidad tiene que estar fuera de toda duda, ha de llamar la atención al primer golpe de vista para que se pueda leer de forma casi inconsciente, sin esfuerzo alguno. Lo contrario es una barrera que el futuro lector, posiblemente, no esté dispuesto a rebasar, y se decante por el libro de al lado, cuya cubierta nosotros no hemos diseñado. Es vital usar el tamaño adecuado para los caracteres, escoger tipografías que refuercen el mensaje y acompañen armoniosamente al resto de elementos, colores que destaquen por contraste, convenientemente, sobre el fondo donde se apoyan, ante la duda, usa blanco o negro para los textos… Empezar componiendo la mención del título y del autor siempre suele ser una muy buena idea, puedes aprovechar las fronteras imaginarias que nos brindan el rectángulo áureo o la ley del horizonte para colocar las “manchas” de texto. Una vez compuesto, observa de qué espacio dispones para colocar el resto de elementos gráficos, imágenes, ilustraciones… y úsalo con inteligencia. Pronto verás que esta forma de trabajo es mucho más eficiente que hacer lo contrario; es decir, comenzar por ilustraciones o fotografías y tratar de componer los textos con el hueco que estas te han dejado. En la mayoría de las ocasiones acabarán de forma abigarrada, hacinándose en los rincones que les hemos dejado.

Usa el contraste para llamar la atención

Cuando te pongas a trabajar ten en cuenta que la portada, aunque la veas aislada en tu pantalla, en el mundo real y salvaje de una librería (incluso si es una librería en línea) competirá con otras muchas portadas que tratarán de devorarla. Tienes que dotarla de armas suficientes para que se pueda defender y encuentre su lugar, su nicho, en esta voraz pirámide ecológica que representa la librería. El contraste es un buen recurso: colores, formas, equilibro entre los elementos… revisita con frecuencia las leyes de la Gestalt, siguen siendo un buen instrumento ¿Crees que una portada poco agraciada tendrá muchas oportunidades en una mesa de novedades compitiendo con mejores y más contrastadas creatividades? ¿Tendrás otra oportunidad con el editor para futuros trabajos? La respuesta es obvia.

Estudia las tipografías y no te compliques en exceso.

La cantidad de tipografías que tiene un diseñador a su alcance en la actualidad es, sencillamente, abrumador, inabarcable. No te enredes demasiado en la búsqueda de algo absolutamente “original”, normalmente no funcionará. Vete directo a lo contrastado sabiendo el uso que vas a darle; apóyate en tipografías de buena calidad, o acabarás arrepintiéndote. Siempre es mejor tener dos o tres fuentes buenas, de pago, que un millar de ellas donde no haya manera de ajustar el kerning o te falten caracteres cuando más los necesites. ¿Pretendes un mensaje de modernidad literaria?, ¿de clasicismo histórico? ¿Qué tipo de lector va a leer esa obra? ¿Qué espera encontrar en su cubierta? Quizás una “Impact” no sea la mejor elección para una novela ambientada en la Antigua Roma, ni una “Trajan” la mejor idea para el lanzamiento de una colección de novela negra rabiosamente contemporánea. Si es necesario, vuelve a la librería una vez más.

Rompe ligeramente las fronteras para dar un mayor dinamismo. Puedes, y debes, hacer que algún elemento salte las líneas invisibles que te han servido para componer tu arte, esto le dará vida a la creatividad haciendo que no parezca estática o visualmente aburrida.

Revisa los textos y vuélvelos a revisar… otra vez. Los editores conviven con las erratas, aunque les producen un prurito insoportable. Todos las cometemos, pero que no sea por tu dejadez o falta de atención. Es fácil teclear una letra demás o de menos, que aparezca un carácter fuera de lugar en el lomo, alguna letra que debió ser un atajo de teclado en InDesign, un texto que quedó parcialmente oculto en su caja, un código de barras que corresponde a otro título… la lista de los errores que podemos tener es, casi, interminable… y cuando parece que hemos cometido todos los posibles, aparecen otros nuevos. Seguro que el arte final que vayas a entregar para el taller de impresión será revisado por el editor, el autor, y probablemente por un corrector de pruebas. Los textos que te habrán entregado habrán sido revisados previamente por los mismo agentes, pero siempre hay cambios de última hora, gazapos que se han ido camuflando entre las prisas, escurriéndose como pequeñas babosas entre unos y otros… ¿Qué tal si aportas valor y revisas bien lo que pasa por tus manos? Ni se te ocurra tocar una coma sin que el editor lo sepa, pero si crees que hay una errata o algo que puede mejorar, díselo. Revisa y revisa, ten el diccionario a mano, te aseguro que subirán tus enteros de forma exponencial. ¡Si los portadistas supieran esto!

Ármate de paciencia y remángate para trabajar. Quizás estés muy orgulloso de tu formidable trabajo, que realmente te arrobe tu creatividad, pero puede suceder (y de hecho sucede), que a lo mejor el editor, sometido también a la opinión del autor, el consejo editorial, el departamento de marketing… piense que no es la idónea para su libro. Respira profundamente y cuenta hasta diez (tendrás que contar hasta cincuenta o cien en algunos casos). Pregunta si se puede reparar: ¿tipografía? ¿otra imagen principal? ¿ajustes de color? Si no es posible, despéjate, comparte tus inquietudes con él, muestra algunos de tus trabajos anteriores o de la competencia y pregúntale si hay algo que le guste para seguir esa senda, y vuelve a empezar. Nadie dijo que fuera fácil, es la vida misma.

Y recuerda que, cuando domines las herramientas de recurso, sus ritmos, su compás y sus reglas, la genialidad está precisamente en romperlas. Atrévete a hacerlo. ¡Mucha suerte!


Antonio Cuesta López
Director editorial, editor, diseñador, portadista...

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