El arte de gobernar. Manual del buen gobierno, una redención solitaria
En México se acabaron las ideologías, quedaron nada más las puras ambiciones de poder personales o de grupo. La clase política mexicana, en unión con el crimen organizado, han convertido a nuestro país en ese “llano en llamas” que ni  Juan Rulfo imag
30/01/2018

En México se acabaron las ideologías, quedaron nada más las puras ambiciones de poder personales o de grupo. La clase política mexicana, en unión con el crimen organizado, han convertido a nuestro país en ese “llano en llamas” que ni  Juan Rulfo imaginó. Corrupción e impunidad son los peores males de nuestro sistema político y nada define mejor a nuestras instituciones que la palabra descrédito. Muertos y más muertos apilados todos los días es el saldo de un Estado fallido, incapaz de poder brindarle a la sociedad el mínimo de paz y armonía social, única razón de ser–como bien lo dijo Thomas Hobbes en Leviatán- de todo gobierno. Y de este enorme cementerio nacional, no se salva ningún partido político, ni siquiera, lamentablemente, uno solo de sus actores. La crisis de un sistema se convirtió en una crisis generalizada de valores en donde la búsqueda del bien común es en lo último que piensan partidos y partidarios.

Fue ante este panorama desolador que, hace más o menos un lustro, surgió la idea de escribir mi libro El arte de gobernar. Manual del buen gobierno. No nació como una mera forma de alimentar una necesidad erudita, sino de una urgencia real por intentar contribuir a la realidad política de mi país, que seguramente toca otras realidades políticas de otros países iguales, peores o ya en busca de ser mejores que el mío. Aquella primera idea devino en una arrolladora curiosidad: había que saber qué habían pensado y escrito al respecto los más reputados filósofos de la ciencia y teoría política sobre las propias realidades convulsas de su tiempo. Fui hasta los orígenes, como debe ser, y fue desde ahí que empecé una andadura lectiva que (aunque El arte de gobernar ya está publicado) aún no termina. Leí a Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Thomas Hobbes, Kant, etcétera, a la par que revisaba el entorno de su época y la situación política, social y personal que les había tocado vivir. No podía ver nada sino con los ojos de mi propia realidad, y fue gracias a eso que conseguí –creo yo- actualizar sus enseñanzas con respecto a lo que debe ser la política y el político, lo que es una verdadera convicción y un ideal, lo que significa el compromiso ético con la sociedad y los principios individuales, explorando conceptos como libertad, democracia, incluso lo que es la compasión compasión y la función que debe tener la educación para el desarrollo de los pueblos.  Me impuse un glosario de lo que debe ser un buen político y, por extensión, un buen gobierno, y me di cuenta rápidamente que lo que la sociedad pondera, a veces por encima de la misma capacidad para gobernar, es la honestidad, la probidad y la sensibilidad humana, virtudes que en muchas sociedades están por ahora clausuradas. Desde aquel momento y hasta el día de hoy me absorbieron las formas en que filósofos como Confucio, Aristóteles y Alfarabi vieron el sentido real de la gobernanza: Confucio estaba convencido que para gobernar bien primero había que gobernarse, tal como lo creía el propio Alfariabi, quien fue más lejos cuando vio en la composición del cuerpo (con sus órganos, miembros, etcétera) una idea clara de la organización del propio Estado, cuyas partes (como en el cuerpo) debían trabajar en armonía para tener éxito. En su Política, Aristóteles tuvo una visión similar, pero con la organización de la familia, entender su organización (el rol del padre, de la madre y de los hijos) era, a su vez, entender la propia organización del Estado, descubriendo por ejemplo que si en una familia el padre era el que tenía la única y última palabra entonces nos daba la idea de un sistema autoritario; si las decisiones se consensuaban entre madre e hijos, uno democrático, etcétera. Este tipo de paralelismo (cuerpo-Estado, familia-gobierno) fueron para mí de una utilidad crucial porque me ayudaron a pensar de una forma distinta (más pragmática) mi entorno político y social.

Así, cuando hube terminado el primer borrador de El arte de gobernar…, me di cuenta de una cosa que había intuido desde el principio: que los vicios del hombre y de la sociedad han sido en esencia los mismos a lo largo del tiempo y que lo único que cambian son las circunstancias, algunas de ellas más atroces (cuando la Ley brilla por su ausencia) o, por el contrario, menos aciagas (cuando la Ley es quien marca a cabalidad las reglas de convivencia de la sociedad).

En fin, si mi libro El arte de gobernar… contribuye en algo al propósito de tener mejores políticos y mejores políticas públicas a fin de devolverle a la sociedad su estado de bienestar, me sentiré redimido. Si no, me quedará el consuelo de haberlo intentado.


Rogelio Guedea
Rogelio Guedea es autor, entre otros, de «La brújula de Séneca» y de «El arte de gobernar. Manual del buen gobierno»

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