Portada del libro El divino gobierno del reino humano


PVP: 18,00 €
ISBN: 978-84-93390-10-5
Páginas: 296
Encuadernación: rústica con solapas

Colección: Espiritualidad
Temáticas:


El divino gobierno del reino humano

 

Desde Dante a la poesía caballeresca, Ibn Arabí ha influido de manera decisiva en el pensamiento de Occidente a través de los más de cuatrocientos libros, desde ensayos cortos a monumentales obras, que han dado respuesta a una multitud de buscadores de la iluminación interior.

«(...)‘Contemplad toda la creación bajo una única luz para que veáis la verdad. Sólo existe una luz, pero bajo esa luz se ven diferentes cosas. La luz lo unifica todo. Este es el significado de la unidad del ser’. Esa luz borra la duda y la fealdad de la imaginación. El ser humano cuyo corazón está libre de la fealdad, ve la única, la más perfecta, la más hermosa existencia. No hay más daño, confusión o deformidad: todo está bien, es verdadero y hermoso. Un ser como éste ve su propia existencia imaginaria como la manifestación de la Verdadera Existencia y, de este modo, pasa de su existencia a la Verdadera Existencia. Contempla a toda la humanidad y a todo el universo como creación sin falta, perfecta y hermosa, pues la Verdad es hermosa. Y lo ve todo unido en el amor». (del Epílogo de Tosun Bayrak al-Yerrahi)

Muhyiddin Ibn´ Arabi
Nació en Murcia el 7 de agosto de 1165, pero su familia se trasladó a Sevilla en 1173, donde Ibn Arabi recibió una esmeradísima educación. Abandonando una precoz vocación militar, se entregó a la vía sufí desde la más temprana juventud. Cuando tenía 18 años, tuvo un célebre encuentro con Averroes y el gran filósofo quedó profundamente impresionado por la ya evidente sabiduría y altura mística del joven Ibn Arabi. Tras beneficiarse de las enseñanzas de numerosos maestros en Al-Andalus (entre los que figuraban dos célebres místicas, Fátima de Córdoba y Shams de Marchena), en 1201 Ibn Arabi abandona la península en un larguísimo peregrinaje que incluiría todo el norte de África, Meca y Medina, Siria, Irak y Turquía. A lo largo de sus viajes, Ibn Arabi iría componiendo su enciclopédica obra, instruyendo a sus discípulos y manteniendo encuentros con algunos de los más destacados sufíes y estudiosos de la época (como Suhrawardi o el joven Rumi). Aunque durante su vida fueron muchos los que reconocieron la extraordinaria dimensión de Ibn Arabi, algunos eruditos de mente chata llegaron a criticarlo e incluso a considerarlo herético. La hondura y vastedad de sus palabras no es fácilmente comprensible para cualquiera, y menos aún para aquellos aquejados de superficialidad religiosa o fanatismo. Al final de sus días, Ibn Arabi se estableció en Damasco, donde se conserva su tumba. Según una célebre anécdota, en Damasco Ibn ‘Arabi vio un día a un imam, amante no de Dios, sino del dinero, que lideraba a una congregación de fieles amantes también de las riquezas. Los llamó desde la puerta diciendo: «¡El dios que adoráis está bajo mis pies!» La congregación dejó sus oraciones y comenzaron a maldecirlo y a golpearlo. Algunos dicen incluso que el Sheij terminaría muriendo de los golpes recibidos en esta ocasión. Pocas décadas más tarde, la personalidad y obra de Ibn Arabi habían ejercido una influencia imborrable en todo el ámbito del Sufismo, desde España hasta la India. Una influencia que llega –incólume- hasta nuestros días.

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