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En el año 699 los frisones aceptaron convertirse al cristianismo. En el mes de marzo del año 700, el primer día del año, el primero de ellos, Rachord, rey de los frisones, al frente del conjunto de sus tribus, se preparó para recibir el bautismo. Ya estaba completamente desnudo, había metido un pie en la pila bautismal cuando, indeciso, dudando si meter el otro pie en el agua que era santa, preguntó, con inquietud, al sacerdote que se disponía a bautizarlo: Este es el arranque de Morir de pensar, el ensayo de Pascal Quignard que, traducido por Marta Cerezales Laforet, acaba de publicar El Desvelo Ediciones; un arranque en donde lo literario se une a lo histórico, pero también al enigma, al misterio del existir y el misterio de ese huésped que nos habita, que es nuestro pensamiento. Hay dos tipos de libros: aquellos que el lector busca y aquellos que buscan a su lector. Morir de pensar, de Pascal Quignard, es un libro buscado, pero es sobre todo un libro que demanda un lector. No quiero decir con esto que la obra de Quignard sea una obra que expulse al lector poco versado, que sea una obra elitista, de nariz para arriba, soberbia en el peor sentido de la palabra, pero sí que exige un lector que se acerque a ella desprejuiciado y con sed, es decir, con ganas de ser absorbido, conquistado. Puede que al final sea así o que el lector lo abandone, pero, siendo sinceros, esto puede pasar con un libro de Quignard y con otro de Ken Follet. Todo libro aspira a un público. ¿Cuál es el público de Quignard y su Morir de pensar? Leer se ha comparado con muchas cosas, pero rara vez con el comer. Para mí leer es como el comer, en el sentido no solo alimenticio, sino de desarrollo del paladar. Quien lee, tarde o temprano, desarrolla un paladar lector. Si para él, la lectura es una aventura apasionante, una aventura del placer, del conocer, del vislumbrar a través de esa cortina levemente entornada que esconde el secreto de lo real, entonces, sí, leer es alimentar el paladar, es un no parar en donde lo que antes gustaba y satisfacía ya no es suficiente. Por el leer, como por el comer, tarde o temprano se llega a Quignard. A Pascal Quignard se llega con los años, con el desarrollo del paladar. Y se degusta sin complejo, porque no hay que ser gastrónomo para disfrutar de un plato de cocina francesa, ni hay que ser mecánico para pilotar un coche. Sin embargo, nuestro gusto, nuestro entendimiento en el caso del leer, queda contento. Porque Quignard tiene la ambición de adentrarse en los vericuetos por los que pocos se adentran y nosotros, como lectores suyos, le acompañamos. Para mí, la lectura de este gran escritor francés, ya sea en sus novelas, tiene algo de mágico, de misterioso. Es distinto. Antes lo comparaba con el comer, ahora lo comparo con la poesía. ¿Por qué leemos poesía? Estoy hablando de la poesía de verdad, no de los ripios a la madre de uno o al santo de la localidad. Pues la poesía de verdad tiene algo de misterioso, de inefable, es decir, de algo que se intuye lo que es pero que es muy difícil, casi imposible, verbalizar, lo que es el caso de la obra de Quignard. Sea cual sea el género que este transite, al final es un poeta y como a tal hemos de acercarnos, como uno se acerca a su poesía, dejándose invadir por sus historias, sus reflexiones, sus nudos terminológicos y etimológicos, sus frases lapidarias que dejan en suspenso la lectura y hacen levantar la cabeza; hemos de acercarnos, ya digo, con todo el cuerpo, con todas las vísceras porque, como en la poesía, su saber mágico penetra por el cerebro, pero también por todo el cuerpo y, del mismo modo que no sabemos por qué intuimos una conexión con lo inefable, con el arcano, descorremos un poco más esa cortina que oculta la realidad para asomarnos a otra realidad atávica, que entronca con los mitos, con las leyendas, con las conexiones insospechadas que permiten un vislumbre de algo a lo que llamamos verdad. Leemos por placer, pero también para descubrir una verdad sobre las cuestiones más hondas que nos preocupan. Por ello este libro busca a ese lector, al atrevido que quiere pasar al otro lado de la cortina, al que tiene sed de verdad, al que no se conforma. Pero, ¿quién es Pascal Quignard? Conocí personalmente a Quignard hace dos años ya en Canfranc, durante la entrega del Premio Formentor. Allí, en la remozada estación internacional, con vías, pero sin tren, se acercó este hombre que es ya uno de los grandes referentes de las letras francés, junto a Michon, Echanoz y otros. Con su alopecia y su cabello superviviente, Quignard dedicó su intervención, entre lo poético y lo místico, a ese vislumbre de realidad oculta que es la escritura. Nacido en Verneuil-sur-Avre, en 1948, es, aparte de escritor, un indagador musical; violonchelista, fundador del Festival de Ópera y Teatro Barroco de Versalles y guionista de cine. Suyo es el guion de una de sus propias obras, Todas las mañanas del mundo, libro y película que le concedieron cierta fama dentro y fuera de Francia. Pero lo más significativo fue lo que hizo en 1994, algo que permite entenderle mejor como persona y como artista. En aquel entonces abandonó todos sus cargos públicos y la secretaría de la editorial Gallimard, en donde era el gran gourmet de la producción de esta gran casa editorial francesa al presidir su comité de lectura. Lo abandonó todo para dedicarse a escribir. Desde entonces, ha producido varias decenas de libros, entre los que se encuentra la serie El último reino, cuya novena entrega lleva el título de Morir de pensar. Su padre era inspector de educación y su madre profesora de un colegio. Creció en Le Havre. A los 18 meses, en 1949, pasó por una etapa de «autismo», crisis que retornará a los 16 años, un silencio que, como él confiesa, le hico decidirse a escribir, una manera, y cito, de «estar en el lenguaje callándome», una paradoja que recuerda a la de Beckett, quien no dejó de escribir mientras predicaba el absurdo de escribir o hacer nada. Fue así, a través del silencio, cómo llegó a la escritura, en donde la reivindicación del silencio y del pensamiento son dos de las palabras nucleares de su producción, junto con la sexualidad, la muerte y el lenguaje. Los acontecimientos de mayo de 1968 se cruzaron en su vida y Quignard se alejó de la filosofía y de la Academia. Ese año quemó sus pinturas y destruyó sus primeros cuadernos de notas. En otras palabras, quemó las naves del pasado, algo sobre lo que volverá al rechazar sus cargos públicos y profesionales en el mundo de la música y de los libros. No se puede entender a Quignard sin sus lecturas de entonces. No solo a los filósofos franceses, con Lyotard o Derrida a la cabeza, sino las grandes narraciones, como Las mil y una noches, o las obras de la literatura medieval y el clasicismo francés. También a Duras, Michaux y Bataille. Su reclusión voluntaria en las afueras de París marcó su vida y su obra. Morir de pensar es el libro más importante de las 11 entregas de sus cuadernos de reflexiones sobre la escritura, el lenguaje y el pensar. Último reino es una serie de anotaciones que fueron iniciadas en 2002 y que todavía continúan. Cada libro es autónomo y está vinculado a los demás. En Morir de pensar, Quignard aspira ni más ni menos que a llegar al núcleo del pensamiento, es decir, por qué el pensamiento existe y a qué responde. Y para responderse se remonta a las fases previas al nacimiento, y por lo tanto del lenguaje, trazando un paralelismo entre el crecimiento del hombre y el crecimiento de la especie, una especie de ontogenia que replica a la filogenia de la bilogía. Quignard se ha preocupado por las condiciones de nuestro prenacimiento, por las situaciones que conducen a la gestación de cada cual, que permanecen en la oscuridad. Y es esta oscuridad y el desvelamiento intuitivo de lo más íntimo, despreciando el lenguaje como bisturí para diseccionarlo, el objeto de disección de esta obra, en la que ha tratado de experimentar otra forma de pensar, al margen de la filosofía y más próxima a los sueños, la mitología, las leyendas, incluso de la narrativa, como forma de sueño prestado que el escritor toma de sus ancestros y transmite a sus lectores. En cada capítulo aborda una idea única, casi siempre una historia o un sortilegio etimológico que le da pie a desarrollarla. Por eso, Quignard no sigue un razonamiento canónico, un silogismo perfecto, en donde los argumentos se encabalgan. El rompe, disgrega, sorprende, lanza amonestaciones y jaculatorias, y recompone. En Quignard el lenguaje es un muñeco roto, un muñeco que hay que romper para ver las tripas de su mecanismo. Y su mecanismo es el pensar. Morir de pensar, temáticamente, explora tres cosas: cómo el pensamiento y la muerte se tocan; cómo el pensamiento se acerca a la melancolía; y cómo el pensamiento se protege del trauma. El que piensa, de este modo, compensa un abandono muy antiguo. La base del pensar es la madre desaparecida. Igual que el sueño es un sentido cuyas imágenes desordenadas intuyen algo que lo precedió, así el pensamiento es un sentido que utiliza palabras escritas, transcritas, retraducidas, analizadas, etimologizadas, neologizadas, que proyectan vínculos entre siluetas dispersas, donde una vez nos perdimos. La tarea de Quignard es remontarse a los estados de previos a la consciencia, pero con el instrumento mismo de la consciencia, lo que recuerda el principio de incertidumbre de Heisenberg: lo observado es alterado por el observador, el hecho de observar altera la fidelidad de lo observado. Así que hay que desarmar la consciencia para remontarse, río arriba, a ese territorio secreto, de consciencia prenatal, de comunicación atávica con nuestros ancestros y con el universo, con la madre ante de ser expulsados al mundo en el nacer. Toda la obra de Quignard, así, es un artilugio de desprendimiento para alcanzar el núcleo primigenio, un acto de desandar, de desvivir, para volver al origen. Para Quignard, escribir es el intento de volver al origen. Si no es así, no tiene sentido. Toda escritura, todo pensar, es un camino de vuelta al hogar primigenio, mucho más allá de la infancia, mucha más allá del nacer. Que lo consiga o no ha de decirlo el lector. A diferencia del rey Rachord, que opta por quedarse con la mayoría, el pensador se diferencia de la masa. Elige la soledad para alcanzar el paraíso del conocimiento, mientras el rey Rachord prefiere el infierno a dejar de ser gregario. Para Rachord el lenguaje es el orden en el que vive la mayoría, para Quignard el pensamiento se retrotrae al silencio. Pensar así no solo es autoexcluirse, sino separarse del lenguaje y alcanzar un conocimiento arcano previo a la ruptura del parto, un re-conocimiento que es una recuperación de lo perdido al nacer. Este retorno lo describe sintéticamente Pascal Quignard con una frase en griego en donde juega con los conceptos básicos de noesis (acción de pensar), nos (pensamiento en sí) y nostos (retorno). Dice así: La noesis del nos es nostos. El acto de pensar es un retorno, una vuelta al origen. ¿A dónde? A la muerte, momento postrero y primigenio. Se puede morir de pensar por el éxtasis de la iluminación o por colapso mental, pero también por alcanzar el punto de origen que es el mismo punto que pone término a la vida. Todo pensamiento es, de este modo, recorrer el camino de vuelta a casa. |
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