Qué hacemos con los libros
Si vamos a sacar diez títulos nuevos cada hora, mientras decidimos dónde colocarlos, por lo menos, saquémoslos bien. Definitivamente, no se trata únicamente de un puñado de páginas rellenas de tinta.
05/06/2023

Cierra otra librería en Córdoba y cualquier reseña de este hecho tan poco noticiable parece abocada indefectiblemente a convertirse en llanto plañidero y efímero por la muerte postergada de un viejo familiar del pueblo. El mes pasado, el dueño de la librería Maceda de Santutxu, en Bilbao, también hubo de poner el cartel, agotado y sin relevo, tras cuarenta años de trayectoria; le preguntaron, por cierto, qué cambiaría si pudiera volver a escribir ese capítulo de su vida y su respuesta fue: «Todo»; había disfrutado mucho de su oficio, pero había renunciado a todo por ello. Posponemos el juicio y quizás algún día no tengamos más remedio que decidir, sin tiempo para filosofías, como quienes han de liquidar la herencia de ese pariente, qué hacemos con los libros. Partamos, antes de eso, por lo que estamos haciendo ahora.

El 22 de marzo apareció en El País un artículo con el siguiente enunciado: «Cada hora se publican en España diez libros nuevos: ¿se editan demasiados títulos?». Sergio C. Fanjul reflexionaba acertadamente en él y ofrecía estadísticas actualizadas sobre lo que en efecto no constituye en modo alguno una novedad entre los temas de estéril debate y los desafíos del mundo editorial: la desaforada sobreproducción. Es un hecho y como tal, de hecho, ha sido abrazado sin más en los últimos años; los libros no pueden escapar a la lógica de un mercado neoliberal que produce y produce al tiempo que procura abaratar los costes de producción y extraer un rédito económico mayor por bien o servicio y en conjunto; en el hipermercado de la cultura del que ha hablado Byung-Chul Han, en el que, de acuerdo con Nigel Barley, «somos entonces “prácticamente turistas en camisas hawaianas”» que se reconocen en cuanto consumidores, usuarios de un hiperespacio de posibilidades para el atracón, los libros son una mercancía indispensable, asentada además ya en ese limbo entre lo fáctico y lo virtual, lo analógico y lo digital, que la hace tan manejable y sugestiva. No es nuestro propósito detenernos ahora en explicar el funcionamiento interno del sector, que ya otros más acreditados se han esforzado en aclarar; así lo simplifica el artículo que referíamos:

«… un tercio de los libros publicados acaban guillotinados (…): si un libro no se vende, el librero lo devuelve al distribuidor, pero no recibe el dinero que pagó por él, sino un crédito para comprar nuevos libros. En el otro lado, el editor de esos libros no vendidos no tiene que devolver dinero al distribuidor, sino que adquiere una deuda. Una deuda que afrontará publicando nuevos libros con la esperanza de venderlos, y que llegan de nuevo al librero, reactivando su crédito. De esta forma se establece la rueda, la bicicleta que no puede frenar…».

Sin duda, este análisis tan decididamente materialista que aquí efectuamos —obligado, por otro lado— deja, por desgracia, poco o ningún sitio al romanticismo. Pero seamos prácticos, incluso los que queremos creer que vendemos algo más que un puñado de páginas rellenas de tinta: tal es la situación; ¿cambiará?, ¿la cambiaremos? Seguramente, no. Nada nos asegura que no sigan cerrando librerías. Así las cosas, de nuevo, si vamos a seguir haciéndolos, ¿qué hacemos con los libros, aparte de seguir intentando que nos den para comer? Quizá habríamos de empezar por convencernos, cada día, de que efectivamente son algo mucho más que eso. De que pueden salvar la vida de una persona, llamar a la lucha a alguien, reconciliar a otro con su pasado o hacerle descubrir una pasión con la que revolucionará el mundo. Un simple ejercicio de honestidad y amor propio basta para reconocer que trabajar a este ritmo y alumbrar tal cantidad de novedades cada mes redunda con frecuencia en detrimento de la calidad de los títulos y hasta en un menoscabo considerable de los estándares; patadas a un diccionario ya de por sí manoseado y malherido, pobrezas estilísticas, fallos tipográficos… todo ello, en la misma cubierta; no hablemos ya del mismo contenido o el valor intrínseco de la propuesta narrativa, proliferantes los infundios no referenciados, los mensajes panfletarios y los lugares comunes. La cuestión es que, si ya nos ocurre, humanos que somos, cuando damos lo mejor, qué no ocurrirá cuando no vemos en el libro más que una entrega que apremia. Y, si no vamos a poder permitirnos parar —o no queremos—, acaso sea un deber ineludible para el editor hacer cada libro como si fuera el último, antes de ver tornada su labor en un mal funcionariado perpetuador del descrédito de la cultura. Los libros, paradójicamente, permanecen. Sus errores (y aciertos) son para siempre.

Vale. Creamos necesidades o, al menos, lo pretendemos. ¿A qué negarlo? No somos tan distintos del propietario de tal multinacional de la moda o del comercial de un concesionario de coches. Está bien: también respondemos a necesidades preexistentes. Y planeamos crear otras, elixires más o menos camuflados, encaminadas a saciarlas. ¿Dejaremos de editar, aunque sigan cerrando librerías? No. Precisamente porque esas necesidades no acabarán, que para algo se necesitan. Tal vez sí las más burdas y pasajeras, las del mero comercio de emociones coyunturales (habitualmente subvencionadas), pero no las auténticas, las más elementales que experimentamos también nosotros: el hombre seguirá tratando de explicarse entre las líneas de un esnob de Malasaña o un catedrático, explorando mundos más o menos imposibles que sirvan de lenitivo para el dolor, anhelando descubrir la capacidad de amar y ser amado que el multicolor presente le niega, matando el tiempo en el metro, procurando redimirse del colocón tecnológico con unos minutos al tacto del papel, decorando estanterías junto con teléfonos antiguos o deseando verdaderamente saber de algo. Si vamos a sacar diez títulos nuevos cada hora, mientras decidimos dónde colocarlos, por lo menos, saquémoslos bien… ¿no? Porque diríase que, al hablar de tales números, estamos en verdad hablando indirectamente de malos libros; quizás ese sea en realidad el problema. Y siendo, como parece que son, demasiados, puede que solo en el nuestro esté la clave. Definitivamente, no se trata únicamente de un puñado de páginas rellenas de tinta.

Alfonso Orti
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