Lo imprescindible para la vida y nuestra consciencia por grados
En este libro se hace evidente que un niño pequeño, un perro, o un gato tienen un grado de consciencia diferente, que tiene que ver con la cantidad de información que son capaces de reconocer, patrones ya residentes en su cerebro y redes tridimensionales de neuronas y sus específicas conexiones electroquímicas, formadas a lo largo del tiempo como el aprendizaje de cada día. También hay patrones que han estado ahí desde siempre y se reconocen y aceptan a los pocos minutos de nacer, los instintos que todos tenemos y que nos ayudan a iniciar la vida o, más tarde, a no perderla, reconocer a una madre, etc. Ser consciente por grados, como un niño pequeño, un perro, o un gato, parece que tiene que ver, como postulado, con la cantidad y el grado de complejidad de la información que somos capaces de reconocer y gestionar. Se hace evidente por nuestro comportamiento con el entorno y con los demás, además de una sensación de nosotros mismos que tiene que ver con nuestro propio pensamiento en cada instante. Una continua búsqueda y reconocimiento de información para, en su caso, reaccionar o dejar pasar. Este libro esboza su propio modelo de la consciencia en grados en los animales, apoyándose en otras propuestas formales existentes como la teoría de la información integrada o la teoría del espacio de trabajo global. Se concluye que la consciencia podría ser un cambio de la naturaleza en los sistemas biológicos complejos al pasar de ser más ambiguos y desordenados a significar estructura e información, como patrones reconocibles y finalmente reconocidos, llevando a una sensación compuesta y compleja de nosotros mismos, información nueva que surge de la integración de toda la demás, observada en cada momento como relevante. A partir de lo que el autor supone que emana la consciencia, (el aumento final de la
información en cantidad y calidad), la obra repasa toda una serie de hechos y datos de la ciencia básica que colaboran para definir la realidad tal y como la conocemos. Desde la propiedad fundamental de la carga eléctrica, que solo es definible a través del relato de su comportamiento, hasta la constante de la gravitación universal, que no es muy grande, solo se conoce experimentalmente, y nos permite incluso respirar cómodamente en nuestro planeta a pesar de su tamaño. También se hace un recorrido por las dos teorías de la relatividad de Einstein, la velocidad de la luz en el vacío como constante fundamental, el metabolismo, la reproducción celular, el porqué del cáncer, por qué se extinguieron los dinosaurios y no algunos pequeños mamíferos, etc., detalles imprescindibles que apuntan a una “lotería de lo fundamental”.

Agustín Cabrera fue un niño entusiasmado con su ordenador Commodore 64 de los años 80, llegando a programarlo en BASIC y en ensamblador, además, jugaba al baloncesto en un parque de su barrio, sin romperse las rodillas o vomitarlo todo, y hacía un curso por año aunque no tenía prisa. A pesar de haber nacido en Madrid, Agustín tenía pueblo, manchego, ¡coño, el de los madriles!, ¿vas ya a la vendimia este año?, (¡espero que no porque me duelen los riñones!), bendito fin de verano, pensaba él. Al final, cuando llegó el momento, planeó no intentar estudiar informática o medicina en la universidad, sino algo de ciencia básica (para los que no juegan al fútbol, como Tesla, Lavoisier o Dražen Petrovi?), así, le terminaron dando plaza en químicas en
Alcalá de Henares (nunca tuvo claro por qué), a un considerable y entretenido viaje en tren del barrio de Carabanchel, su barrio de siempre en Madrid. No lo rechazó y ahora cree que no hizo mal, el gusto por la ciencia siempre perduró a pesar de terminar la carrera casi año y medio más tarde de lo estipulado por el claustro, ¡malvados profesores! Cuando terminó la carrera estuvo trabajando en algunas empresas de servicios como programador en Java y C/C++, y luego terminó aprobando varias oposiciones, primero como administrativo y luego como informático, llegando a darse cuenta de que tenía mejor calidad de vida, como le habían comentado ya, pero vio que seguían existiendo los horarios a cumplir y los jefes, ¡todo sea por el servicio público!. Finalmente, y con una edad para que le llamasen 'señor', Agustín decidió ponerse a escribir libros, con temor a ser considerado un fantasma por algunos, más que una persona ávida de expresarse y/o compartir algo que tuviese en su ya desmelenada cabeza.
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