Mil años de «El collar de la paloma»
La belleza única y el nítido recuerdo que evocan las páginas de El collar de la paloma hace que este sea un libro «vivo» en el sentido más amplio de la palabra.
02/05/2022

En 2022, El collar de la paloma ha cumplido un milenio. Para la mayoría de los «clásicos», este es un periodo más que suficiente para crear una brecha cultural insalvable, aquello que los convierte en textos con los que difícilmente podemos sentirnos identificados. Pero la obra del andalusí Ibn Hazm no es sólo es un tratado sobre el amor y los amantes —como lo subtituló Emilio García Gómez en su universal traducción—, sino también una extraordinaria antología poética y un fascinante anecdotario que no deja de sorprender a quien decide abordar sus páginas sobreponiéndose a los recelos.

Según el propio Ibn Hazm relata en el prólogo, durante su estancia en Xátiva, recibió la visita de un buen amigo de la infancia, con quien solía compartir tanto lo dulce como lo amargo, lo secreto como lo público y que sentía un verdadero afecto hacia él. Habría sido este un encuentro emotivo en el que ambos tuvieron tiempo de compartir recuerdos y debatir sobre la difícil situación que atravesaba el país de al-Ándalus, y que culminaría con una petición que el agradecido poeta no pudo rechazar: componer una obra en la que retratase el amor, sus aspectos, causas y accidentes y cuanto en él o por él acaece. A pesar de considerar este un asunto liviano que en otras circunstancias no habría abordado de forma tan exhaustiva, Ibn Hazm se apresuró a satisfacer el deseo de su amigo, y en poco tiempo culminó una risala que acabaría convirtiéndose en la «joya de la literatura andalusí».

La petición de aquella antigua amistad no llegaba en un momento fácil en la vida de Ibn Hazm. El que había sido uno de los sabios más prometedores de la Córdoba bajo el dominio de los amiríes llevaba casi diez años exiliado, desplazándose por distintas localidades de la costa andalusí, acogiéndose a la cambiante hospitalidad que los dirigentes locales ofrecían a aquellos que, como él, guardaban un fuerte compromiso con la restauración de la estirpe Omeya. Y las noticias acerca de los desastres que acaecían sobre la ciudad en la que habían transcurrido los mejores años de su vida, no dejaban de llegar a sus oídos.

Abu Muhammad Alí ibn Hazm nació en Córdoba el año 994 en el seno de una familia privilegiada. Su padre, Ahmad, formó incluso parte del círculo de confianza del poderoso Almanzor. La educación que recibió, acorde a su estatus como miembro de la jassa, le aseguró un perfecto conocimiento de las ciencias y el Corán, y le facilitó el dominio de la métrica en la poesía. Y, como casi cualquier otro miembro de la «aristocracia» cordobesa, defendía la pureza de su linaje árabe, asegurando que Persia era la cuna de su familia, a pesar de que, como bien nos recuerda el célebre cronista Ibn Hayyan —coetáneo de Ibn Hazm— su linaje provenía de una localidad de la actual Huelva y su abuelo fue el primero de los suyos que se convirtió́ al islam.

El estallido de la guerra civil en 1009, el fallecimiento de su padre en 1012 y su forzada salida de Córdoba habrían arrebatado bruscamente cuanta felicidad experimentó durante su infancia y juventud, algo que tendría una honda impronta en «el collar». No es difícil percibir la añoranza que destilan sus páginas llenas de recuerdos. El profundo análisis de los fundamentos, características y desventuras del amor que Ibn Hazm expone se encuentra ilustrado con numerosos ejemplos que suelen tener como protagonistas a los personajes más influyentes de una Córdoba en la cúspide de su esplendor, como aquel promotor de obras públicas que disfrutaba con el masoquismo, aquel otro hombre el colmo de lo feo que conseguía enamorar a sus esclavas gracias a su extraordinario rendimiento sexual, o incluso el gran poeta al-Ramadí, quien se enamoró a simple vista de una muchacha a la que jamás volvió a ver pero que se apoderó de las entretelas de su corazón.

Todas estas anécdotas (y otras tantas) suelen ser además situadas por el autor en emplazamientos concretos, lo que resulta en una fuente de incalculable valor para historiadores y, especialmente, arqueólogos, que década tras década continúan recurriendo a las páginas del «collar» en busca de información que pueda dotar de contexto a sus hallazgos. Gracias a las indicaciones de Ibn Hazm, se conoce el camino que se había de recorrer para llegar al célebre palacio de al-Rusafa, la cercanía del palacio de al-Zahira a su propia vivienda del arrabal de al-Mughira (en el actual barrio de San Lorenzo) o la disposición del gran cementerio del Arrabal, además de los nombres y localización aproximada de algunas mezquitas «de barrio».

Pero, ¿cómo ha llegado «el collar» hasta nuestros días? No se conocen referencias directas a la repercusión de la propia obra en un Al Ándalus cuyos territorios pugnaban también por convertirse en el referente cultural, y en los que Ibn Hazm fue recibido con agrado o castigado y expulsado, según la inclinación del gobernante de turno. Pero sí abundan las citas de cronistas posteriores a esta risala, por lo que puede intuirse que no pocas copias pasaron por manos de sabios y estudiosos durante los siglos posteriores y más allá de las fronteras de Al Ándalus.

En 1645, el orientalista Levinus Warner, fue enviado como cónsul neerlandés al Estambul otomano. Amante de la literatura árabe y aprovechando la permisividad de las autoridades locales, dedicó sus veinte años de estancia en Turquía a recopilar toda suerte de manuscritos de bibliotecas, colecciones particulares y pergamineros, hasta superar el millar. Tras su muerte, acaecida en 1665, la vasta colección sería donada a la Universidad de Leiden según su última voluntad. Entre los innumerables legajos, había un pequeño manuscrito fechado en 1338, y titulado Tawq al-hamama wa-zill al-gamama (El collar de la paloma y la sombra de la nube).

Conviene aclarar que apenas se conservan manuscritos redactados en vida de sus autores, y mucho menos de su puño y letra. La mayoría de las obras andalusíes conocidas en nuestros días resultaron del esfuerzo de esmerados y anónimos copistas que, a través de los siglos, permitieron que su contenido no sólo se difundiera, sino que también sobreviviera al deterioro, a las guerras, al saqueo, al fuego o incluso al olvido. Pero esta continua replicación cuenta con una desventaja, y es que muchos de los copistas «editaron» (inconsciente o intencionadamente) los textos originales, omitiendo partes e insertando erratas. Así, sabemos por las fuentes documentales, que El collar de la paloma y la sombra de la nube, tal como fue concebida por Ibn Hazm, contaba con trescientas páginas, frente a las ciento cuarenta del manuscrito de la Universidad de Leiden. Por si hubiera lugar a dudas, el propio copista del siglo XIV aclara en una de las anotaciones que él mismo ha resumido el texto que habría tomado de referencia.

Aún habrían de transcurrir casi dos siglos para que un joven estudiante de doctorado llamado Reinhart Pieter Anne Dozy se topara en los fondos de su universidad —Leiden— con la obra de Ibn Hazm, de la que acabaría realizando la primera traducción. Dozy se convertiría en uno de los arabistas más célebres de y en el primer gran referente en el estudio de la historia de Al Ándalus.

La belleza única y el nítido recuerdo que evocan las páginas de El collar de la paloma hace que este sea un libro «vivo» en el sentido más amplio de la palabra. Y es casi cosa de los genios que, mil años después, podamos seguir disfrutándolo pues, como asegura el propio Ibn Hazm en su prólogo, milagro es que un ánimo como el mío haya siquiera podido acordarse de algo, conservar alguna huella y evocar el pasado, después de lo ocurrido y de lo que me cayó encima.

Daniel Valdivieso
editor y experto en Al-Ándalus

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