De la saeta a la seguiriya, de Sevilla a París, esta es la geografía sentimental del flamenco según Chaves Nogales.
Lejos del costumbrismo fácil y de la postal folklórica, Manuel Chaves Nogales se acerca al flamenco con una mirada clara, inteligente y profundamente respetuosa. No busca exotismos ni grandilocuencias. Lo que encuentra —y nos deja— son retratos precisos, humanos, a veces duros, de un arte que entonces no necesitaba adornos ni escenografía para conmover.
Hay en estos textos algo que hoy echamos de menos: el valor de observar sin prejuicios y de escribir sin aspavientos. Chaves escucha, pregunta, mira con atención. Y en ese ejercicio de honestidad —tan raro entonces como ahora— captura no solo el cante o el baile, sino también la dignidad silenciosa de quienes vivían el flamenco como forma de estar en el mundo.
Aquí no hay tópicos. Hay patios pobres, noches largas, artistas sin nombre y también figuras míticas. Hay una Andalucía real, contradictoria, compleja, narrada por un periodista que nunca quiso ser protagonista, pero que dejó páginas memorables cuando decidió contar lo que veía.
Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) es hoy una de las referencias de la literatura y el periodismo español del siglo XX. En 1921, justo mientras dejaba preparada la publicación de este su primer libro, La ciudad, precisamente dedicado a escudriñar el alma difícil de su ciudad natal, marchó a Madrid, con escala en Córdoba, para hacer carrera en el cambiante mundo del periodismo. Como redactor jefe de El Heraldo y director de Ahora se convirtió en la referencia más avanzada del periodismo en la época de la República, llegando a ser contertulio del presidente Azaña. En esos años conquista la cima periodística con sus grandes reportajes denuncia sobre la Rusia bolchevique y los regímenes fascistas. Su obra literaria, entre el periodismo y la novela, dejó varios libros fascinantes de tema ruso: La vuelta a Europa en avión, La bolchevique enamorada, Lo que ha quedado del imperio de los zares y El maestro Juan Martínez que estaba allí. Y en 1935 conquista un enorme éxito editorial con su archiconocida serie periodística sobre Juan Belmonte en La Estampa y La Nación, que sería publicada en forma de libro y le daría fama internacional. Con la guerra tuvo que abandonar España y, tras un periodo en París, del que surge buena parte de su libro La agonía de Francia (1941), se instala en Londres donde seguirá desarrollando una labor periodística internacional de primera fila. En el clima de exilio y guerra, con la salud muy desmejorada, una desafortunada intervención quirúrgica le produjo la muerte mientras preparaba un libro con los testimonios de refugiados de la ocupación alemana.|
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